Saturday, February 18, 2006

Sábado 18 de febrero (2006).

Son las 21:35. Tengo un dolor de estómago casi insoportable, de todos modos, es más aguantable que la duda-certeza sobre ti, Fernando.
Sí, ya sé que no tuve de otra que despedirte de mi vida porque tú no me quieres. No hay nada más seguro que esto. Lo que me pregunto es qué pasa con todo lo que hubo. "¿A donde van las palabras que no se quedaron?" ¿Por qué me dijiste que era genial, extraordinaria (y no se qué otras cosas inciertas más), que me querías y me invitaste a tantas partes? No puedo conciliar la realidad con la realidad. Te creí --y aún te creo-- cuando me dijiste todo eso, cuando me amaste... Claro, la única explicación coherente es que todo eso fue antes y después ya no me quisiste. Sí, todo es muy claro, pero mi nece(si)dad irracional me lleva a leer en tiempo actual lo que escribiste hace un par de años (después de todo, tus mensajes puedo recuperarlos cuando quiera y pensar que los enviaste hoy mismo) y a suponer inútilmente que un día darás con este blog y que sabrás todo lo que no pude decirte.
¿Hay vida después de la vida o eso sólo sucede con las cosas materiales recicladas? ¿Qué pasa con las palabras y el tiempo que se fueron?, ¿se fueron y ya? Hoy escuchaba a un hombre que contrastaba el sentido de la muerte en los gringos con el de nosotros, los mexicanos. Decía algo muy evidente: para aquéllos no hay nada más después de que uno se muere, mientras que para nosotros hay una ilusión de que haya vida de otro modo, por eso veneramos a los fallecidos. Pero esto tan evidente no puedo resolverlo en mi cabeza.
Ni modo, por hoy tengo que dejar de barbotear como la olla sabinesca que citó mi querido amigo Raúl.

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