Wednesday, February 15, 2006

Tarde lluviosa de invierno

Pobre tonto, ingenuo charlatán. En fin, busco y busco una estación de radio con música más o menos decente. Pobre tonta. Sólo hay locutores, estúpidos como cacatúas. No me hubiera gustado llegar al trabajo. Me deprime la gente que está a mi alrededor. Tengo ganas de verte, Fernando, pero también tengo ganas de olvidarte de una vez por todas.
¿Sabes? Ayer, la tarde se encargó de hacer eco de tu imagen. No pensaba verte, menos en tu oficina. Sólo quería dejarte el sobre con el libro y mi carta de despedida en la recepción, pero me dijeron que eso no se podía y entonces tuve que ir hasta tu oficina.
Fue inevitable que esa estúpida medida de "ahorrar energía", los pasillos a oscuras y las oficinas apenas alumbradas con lámparas de escritorio me despertaran una sensación erotizante cuando me acercaba a ti por última vez.
No pensé que realmente fuera tan bonita la sede de la secretaría. Pero lo es. Los elevadores de vidrio y el conjunto de ventanas que permiten observar el movimiento interno del edificio, de alguna forma, corresponden a tu belleza y tu inteligencia apabullante. Una amiga me esperaba en el carro, que había dejado con luces parpadeantes sobre la avenida. Salí de prisa porque comenzaba la lluvia y nos dirigimos a Filosofía. Eran un poco más de las seis de la tarde y el cielo comenzaba a oscurecer, pero también estaba limpio, como pocas veces puede contemplarse en esta ciudad. La vista así me recordaba la atmósfera que me acercaba a ti en el octavo piso del lugar que todos los días pisas y donde, envidiablemente, otros comparten varias horas de tu vida diaria.

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