Querido y odiado Fernando
Todavía puedo llamarte así, querido y amado. Tengo miedo de que después la indiferencia mate mi muy particular historia sobre nosotros y entonces ya no te llame de ningún modo ni te recuerde --como tal vez suceda contigo...
... aunque lo dudo, ¿sabes? Fueron tantos años...
Hoy te escribo por la razón de siempre, porque cada vez que lo hago lanzo mi moneda al espacio cibernético y espero a que caiga con tu rostro asomado a todo lo que no puedo decirte de otra forma. Pero también te escribo por dos motivos más: porque no puedo redactar un trabajo --y no tengo la menor idea de cómo demonios hacerlo-- y porque estoy escuchando el estudio 3 de Chopin.
Y sí. Fueron tantos años entre nosotros, desde aquella noche que todavía dejaba ver estrellas en un Guanajuato que estaba a mil años de historia globalifílica del DF (por cierto, el terminajo no es de aquél politiquillo que se supone lo inventó); aquella noche cuando no pudiste evitar reírte con fuerza porque el encargado del hotel (un modesto y hermoso hotel con una cama para dos y una individual) nos dijo --después de recorrer muchos lugares-- que sólo había un cuarto para "matrimonio". (Yo también me reí, pero lo disimulé.) Teníamos 18 y veintitantos años.
¿Piensas en mí, aunque sea una vez por semana o por mes? A mí todavía me llegan oleadas de tu recuerdo acompañadas con música, desde silly love songs, como una de Los Ángeles Negros ("tu recuerdo hoy ha venido a mí") hasta Beethoven o los Creedence... ¿Recuerdas que una de las últimas noches fuiste muy grosero y luego quisiste sacar la pata del agua preguntáme cosas que ya sabías de mi disco de los Creedence? Ahora me da risa, pero en ese momento no me hizo tanta gracia.
Es sábado, son las 10:40 de la noche y supongo que hoy no habrás tenido clases, ¿verdad? Por cierto, nunca te dije que una vez que pasaba por el estacionamiento de maestros de la facultad donde estudias tu segunda carrera (nunca dejaré de admirar tu tenacidad) iba pensando en ti y, como premonición, casi me mata la pluma metálica de la entrada de ese lugar (no sé por qué esas cosas se llaman así, si de ligero no tienen nada). No sabía si reír o dar por hecho que alguien se quería deshacer de mí, pero acabé riéndome de mi desgracia.
¿Estarás en el sur del país estos días? Espero que no la estés pasando tan bien... pero tampoco tan mal.
... aunque lo dudo, ¿sabes? Fueron tantos años...
Hoy te escribo por la razón de siempre, porque cada vez que lo hago lanzo mi moneda al espacio cibernético y espero a que caiga con tu rostro asomado a todo lo que no puedo decirte de otra forma. Pero también te escribo por dos motivos más: porque no puedo redactar un trabajo --y no tengo la menor idea de cómo demonios hacerlo-- y porque estoy escuchando el estudio 3 de Chopin.
Y sí. Fueron tantos años entre nosotros, desde aquella noche que todavía dejaba ver estrellas en un Guanajuato que estaba a mil años de historia globalifílica del DF (por cierto, el terminajo no es de aquél politiquillo que se supone lo inventó); aquella noche cuando no pudiste evitar reírte con fuerza porque el encargado del hotel (un modesto y hermoso hotel con una cama para dos y una individual) nos dijo --después de recorrer muchos lugares-- que sólo había un cuarto para "matrimonio". (Yo también me reí, pero lo disimulé.) Teníamos 18 y veintitantos años.
¿Piensas en mí, aunque sea una vez por semana o por mes? A mí todavía me llegan oleadas de tu recuerdo acompañadas con música, desde silly love songs, como una de Los Ángeles Negros ("tu recuerdo hoy ha venido a mí") hasta Beethoven o los Creedence... ¿Recuerdas que una de las últimas noches fuiste muy grosero y luego quisiste sacar la pata del agua preguntáme cosas que ya sabías de mi disco de los Creedence? Ahora me da risa, pero en ese momento no me hizo tanta gracia.
Es sábado, son las 10:40 de la noche y supongo que hoy no habrás tenido clases, ¿verdad? Por cierto, nunca te dije que una vez que pasaba por el estacionamiento de maestros de la facultad donde estudias tu segunda carrera (nunca dejaré de admirar tu tenacidad) iba pensando en ti y, como premonición, casi me mata la pluma metálica de la entrada de ese lugar (no sé por qué esas cosas se llaman así, si de ligero no tienen nada). No sabía si reír o dar por hecho que alguien se quería deshacer de mí, pero acabé riéndome de mi desgracia.
¿Estarás en el sur del país estos días? Espero que no la estés pasando tan bien... pero tampoco tan mal.

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