Tuesday, June 10, 2008

Qué duros son algunos días, Fernando. Estoy convencida de que no te intereso más que en ciertos momentos de euforia y de recuperación de tu vida, por eso sólo me llamas de vez en cuando y por eso también me dices que tal vez nos veremos “la próxima semana” o, después de un mensaje, que me llamarás más tarde.
Hoy (Today, canta Jefferson Airplane en mi cabeza) me di cuenta de que has sido el amor de toda una vida. Sí, seguramente ya te había dicho que eras el amor de mi vida, pero nunca lo había pensado en términos cuantitativos.
Bueno, con todo que implica la asunción anterior, también te digo (o le digo a tu fantasma virtual) que he aprendido a asumir también la insoportable realidad de tu ser. No espero, entonces, que nunca cumplas tus promesas vagas. No sé siquiera si alguna vez volveré a estar sentada frente a ti en un sitio público… imposible siquiera imaginar que volverás a mi casa, como la última vez, hace tres años… ¿te acuerdas? Estabas “de vacaciones” en tu casa y me escribiste varios mensajes desde las siete de la mañana para decirme que llegarías a verme luego de una borrachera, y nos vimos, tan milagrosa como fugazmente. Fue un sábado, lo recuerdo bien.
No sé si volveré a verte. Me pregunto cómo habrá cambiado tu rostro. Supongo que tus ojos tendrán una expresión marcada de cansancio; tu cuerpo tampoco estará bien por tantos viajes y trabajo explotado; pero quiero pensar también que tu cabello abundante y hermoso y tu inteligencia están intactos… Tus ojos… ¿habrán comenzado a perder brillo?, ¿te acuerdas cuánto nos reíamos cuando éramos muy jóvenes? ¿Recordarás que la primera noche que pasamos juntos fue en casa de Mónica, en la calle de Tonalá –cuando la colonia Roma todavía no era la estupidez en que la convirtieron-, después de una reunión breve donde tomamos vino con frutas? Para mi es inolvidable que dormimos juntos los tres y que tú tomaste por unos segundos mi mano.
Podría seguir desempolvando recuerdos inútiles, pero ¿para qué? Quizá sólo para recordar que la vida no es tan dura como estos días de trabajo y desolación que, casi estoy segura, también para ti son días de perros, como han sido los últimos años en este país. Pero hay una diferencia abismal entre tus días infernales y los míos: si tú me recuerdas de vez en cuando, quizá eso te resulte intrascendente, pero cuando pienso en ti, también recuerdo un verso del viejo, cada vez más viejo, Benedetti de nuestra juventud:

Estás sola
estoy solo
pero a veces
puede la soledad
ser
una llama

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