Thursday, October 14, 2010

Salud

No te mereces ni a Mozart, ni siquiera esta Sinfonía 40 tan quemadada, ni que beba a tu salud.
Pero tú me enseñaste este licor de hierbas tan penetrante como nuestro pasado cuando erea presente y además ahora me da la gana pensar en ti, Fernando.
¿Cómo olvidar aquella tarde en ese restaurante tan feo como pretencioso y caduco de la Zona Rosa? Te invité a comer porque pensé que era un buen lugar... creo que se llamaba El Parador de José Luis... La comida era tan mala como cara. Recuerdo que había sillas estilo Luis XV (¿a quién se le ocurrió que ese estilo era bonito?) revueltas con otras sillas, de oficina; mesas vidriosas de té donde colocaban el servicio de comida, y el lugar, pequeño y oscuro. No sé hace cuánto tiempo fuimos, pero al poco rato ese restauransucho quebró.
Recuerdo que tú llevabas una chamarra café de piel y yo un suéter café largo tejido con una flor morada muy linda. Esa tarde hacía mucho frío, era una tarde helada. Abordamos un taxi con el que me acompañaste a una cuadra de aquí para irte luego a tu casa por el sur, por una avenida que tiene nombre de magnetita... el diccionario dice que otro sinónimo para la calle por donde vives es... ¡seducción! No se necesita ser diccionario para saber que durante más de 20 años yo estuve persiguiendo tu zanahoria de la seducción, mientras tus amores venían e iban y tu hijo crecía. Y yo, siempre (casi siempre) pensando en ti.
¿Cómo no iba a pensar en ti, si tus besos podían ser tan profundos, tu lengua tan inquisitiva, tus manos y tu boca tan deshinibidas? ¿Recordará el chofer de aquel taxi el beso de despedida tan profundo que me diste antes de que yo me bajara del automóvil? Era como si no quisieras que me fuera de ti, no para tenerme siempre contigo, sino porque te gustaba competir con el que me esperaba en la casa.
Hoy la bebida verde y poderosa que me embriagó de ti esa tarde helada sólo me sabe a aderezo con alcohol. Qué pena, tanto que esperé el momento de abrirla.
Quizá le hagan falta tus labios y tus promesas para que me haga perder lo que me queda de razón, Fernando.
Ahora tengo una cita. Ahora deseo probar esos labios lejanos en el tiempo y la distancia... los deseo tanto, aunque no sé si tanto como deseé tantas veces tu cuerpo, tu risa, tus palabras.
Termina el primer movimiento por segunda vez. Y ya no lo oiré más.
Salud, de todos modos.

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