Thursday, September 08, 2016

No debería nunca más pensar en ti. No sé por qué lo hago ahora, cuando ni siquiera... ¿qué? Bueno, no eres tú. Como ya deberías saberlo, tú, tu persona, tu recuerdo, tu evocación, no son más que reflejos de mi deseo encarnado en ti. El deseo encarnado en tu cuerpo fuerte y deseado por mí. El deseo en la evocación de tu cuerpo recostado en mi regazo mientras te leía un cuento de terror y tu comenzabas a desabrochar mi blusa y luego acariciabas mis senos con tu boca. El deseo encarnado en la espera de verte. El deseo casi enloquecedor en las horas que me dejaste esperándote tantas veces. El deseo recordado y vivo de las pocas veces que fuimos al cine, una vez al Manacar y otra a uno cercano al Sears de la colonia Roma... ¿Te acuerdas? Una vez fuiste a pagar cosas para tu familia (la tuya, la que tú formaste con el hijo que sí quisiste, no el que tú y yo rechazamos) a esa tienda y yo te acompañé. Y me besaste mientras esperábamos para pagar. ¿Fue en ese tiempo que te enamoraste como perro en celo de mí? ¿Fue quizás una de esas tantas épocas en que no me querías y sólo disfrutabas viendo mi angustia (ahora tonta, pero incuestionable)? No debería pensar en ti, Fernando, como nunca debí haberme enamorado de ti y menos esperar nada; sin embargo, algo, otro deseo ajeno a ti, me llevó a recordarte. La vida está llena de lo que no se debería. Tú formas parte de las cosas que no debí, pero que al final de cuentas son parte de la vida. Un abrazo, querido Fernando.